Tu soledad emigrante Mariana, Mariana
dolió en mis brazos ebrios de adjetivos.
Convaleciente y salvaje, fuiste la amante.
Traías amarrado a tu cintura
el pañuelo de osamentas de amores idos.
Dibujaste sobre mi pecho ciego
todos tus labios flacos, como vendavales
abiertos por el puñal índice de tu aroma.
Te inclinaste sobre mi sombra
solo para escupir en ella
la acidez de tus viajes anteriores.
Loca... Entonces supe
que tus dudas predilectas
apenas te distanciaban del hastío
de una ciudad que calla para oírte.
Cruzaste mi línea ecuatorial, sin avisar,
sudando como cualquier puta que huye
desde la boca incendiada de una noche.
Y entonces me dejaste solo, muy solo,
deseándote la distancia de estos versos
abajo y más abajo, adentro y más adentro.
Hace 1 semana

0 visitantes han comentado:
Publicar un comentario en la entrada