Yo venía bien. Nunca soñé con la nieve,
con lugares lejanos ni otros idiomas.
Era un chamo sólido y convincente (según mi madre).
Y todo pasaba en la ciudad cálida y lacustre,
de cujíes y pericos que siempre me aguardaban
entre calles, olores y monedas que conocía.
Como el simple silencio de los secretos.
Las paredes, los cines, la música, los vecinos
los árboles y los amigos eran inmortales.
Ahora solo se me acerca la noche
y me deja madrugadas cuyos cadáveres
permanecen como viejos stickers detrás de la puerta.
-¿En qué vuelta de ale limón me perdi?

Crecer es inevitable y siempre duele.
ResponderSuprimirUn poema estupendo.
Un abrazo.